A veces para poder seguir, hay que empezar desde cero.
Cuando sufrimos, quisiéramos que todos estuvieran debajo de
nuestra piel para que llegasen a entender lo que sentimos.
Pero eso nunca podrá ser, por que el dolor no se comparte.
El dolor es propio, íntimo, irrepetible.
Es como hacer un dibujo: Podemos mostrarlo; los demás podrán
interpretarlo a su manera, pero nadie podría dibujarlo como lo hemos dibujado
nosotros, pues solo nosotros conocemos esos detalles, esas líneas o esos
matices. A pesar de ello, estoy convencida de que siempre podrás encontrar a alguien que será capaz de escucharte y comprenderte, acercándose en demasía al nivel de tus trazos.
Hay relatos que al leerlos actúan como bálsamo para las heridas del corazón. Escribir es el bálsamo que cura las mías.
Durante años sufrí en silencio sin comprender el porqué de
esta extraña sensación, de sentirme diferente, como Gregor Samsa en la metamorfosis
del libro de Kafka
¿Cómo podría saber quién soy realmente después de toda una
vida huyendo de mí?
¿Cómo aceptarme tal y como soy sabiendo que eso implica
aceptar como mías todas esas dificultades que he intentado ocultar e incluso
negar?
Un búho que se creía águila, que se esforzaba por ser un águila como las demás y que por más que se esforzara, no lo conseguía. Un búho que se
esforzaba hasta el cansancio tratando de hacer movimientos y gestos que las
demás águilas hacían de forma totalmente espontánea y natural. Y un búho que ya
estaba agotado, muy agotado y ya no quería seguir intentando ser águila nunca
más.
Me reconozco cuando mi hipersensibilidad sensorial me lleva
al colapso y a padecer crisis terribles o cuando la ansiedad se apodera de mi
al sentir que pierdo el control, que el resultado será catastrófico y todos se
burlarán de mí, pero me reconozco aún más cuando respiro profundo, dejo caer
algunas lagrimas y sigo mi camino.
He aprendido a dialogar de forma oral para seguir
sobreviviendo y porque es como se expresa la mayoría, pero sobre todo
me reconozco cuando la gente que quiero me permite expresarme por escrito, sin juzgarme por ello.
Me reconozco cuando no cumplo las normas sociales en fiestas o fechas importantes, por ejemplo, pero me reconozco aún más cuando a pesar de eso, tomo el
teléfono y haciendo una excepción, hago una felicitación porque sé que es
importante para ellos y los quiero.
Me reconozco cuando me bloqueo socialmente y no puedo emitir
una sola palabra coherente, pero también lo hago cuando me sumerjo en esas
conversaciones maravillosas de lo que más me gusta con las personas que están
dispuestas a escuchar.
Me reconozco cuando me aferro a mis rituales y rutinas, negándome
a cualquier tipo de cambio porque entro en crisis, pero también me reconozco
cuando deshecho sin dudar cualquier costumbre, tradición o enseñanza carente de
funcionalidad.
Me reconozco cuando dibujo esa línea invisible a mi
alrededor que no me gusta que los demás pasen, pero también me reconozco cuando
logro aguantar y fundirme en esos abrazos que no solo abrazan la piel, sino el alma, y que,
sin querer, me hacen cerrar los ojos.
Me reconozco cuando me resulta difícil ponerme en el lugar
del otro para entender su visión del mundo, pero también me reconozco cuando
empatizo fuertemente con el sufrimiento de otras personas ante la pasividad e
indiferencia de otros.
Casi siempre me manejo en extremos, a menudo blanco o negro.
No fue fácil llegar a los 23 años (ahora 28) desconociendo que estoy dentro del espectro
autista o Asperger. Intentando entrar en un molde en el que,
para encajar, había tenido que disfrazarme, hasta el punto de no reconocerme. Pero,
sobre todo, sabiendo que por mucho que me esfuerce, mi mente no es ni será
nunca neurotípica, y odiarme por ello.
El diagnóstico me ha traído calma. Me ha traído la pieza que faltaba para hacer
encajar el rompecabezas de mi vida y como no, también ha traído respuesta a muchísimas
preguntas que bombardeaban mi cabeza desde niña.
Ahora hay una persona cuya mirada proyecta aceptación y amor
hacia mí. Alguien que, a pesar de conocer a mi personaje (como si de un
videojuego se tratara), quiso saber quién se escondía tras de él. Y así he ido
desnudando mi alma, liberándome de tantos prejuicios, sintiéndome cada vez un
poquito más libre hasta que un día me arme de valor para mostrarme sin filtros. Y sé que pronto llegará ese día.