A veces no sé si lo que habita en mí es claridad o una forma disfrazada de soberbia. No sé si es convicción o el eco de todo lo que me ha costado soltar. Porque no llegué aquí intacta. He tenido que desarmarme muchas veces, cuestionar lo que creía inamovible, mirar de frente ideas que alguna vez me dieron paz y aceptar que ya no eran verdad.
Y eso no siempre es limpio, no siempre es ser intelectual.
A veces también duele.
A veces una también llora cuando lo que creía se rompe y se queda sin suelo por un momento.
He leído, sí, pero más que eso, me he contradicho, me he equivocado, he tenido que desaprender versiones de mí que pensaba definitivas. Por eso, si a veces parezco firme, no es porque crea tener la razón absoluta, sino porque sé lo que implicó llegar a este punto.
Cuando me enfrento a ideas que siento peligrosas o poco pensadas, a veces me dejo llevar. No siempre respondo desde la calma; a veces hay algo en mí que reacciona, que se enciende, que no quiere ceder ni suavizar. Y después lo cuestiono. Me pregunto si era necesario, si era la forma, si ahí también hay algo que tengo que seguir trabajando.
Dudo. Dudo todo el tiempo. Pero entre hacerme pequeña para no incomodar y sostener lo que he construido con tanta fricción, elijo no traicionarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario