Acércate.

Recuerda que el problema con la locura es que ya no es vista como una virtud.


Bienvenidos

octubre 12, 2026

Soy consciente de mis límites y limitaciones.

De mis capacidades e incoherencias.

Soy consciente de la finitud de todo incluida mi propia existencia.

Y por esto sé que nadie debería intentar colonizar o considerar espacio de conquista a otras personas, antes incluso de explorar la propia soledad.


marzo 28, 2026

Reflexión: Donde se quiebran las certezas

A veces no sé si lo que habita en mí es claridad o una forma disfrazada de soberbia. No sé si es convicción o el eco de todo lo que me ha costado soltar. Porque no llegué aquí intacta. He tenido que desarmarme muchas veces, cuestionar lo que creía inamovible, mirar de frente ideas que alguna vez me dieron paz y aceptar que ya no eran verdad.

Y no se llega a ese punto de una forma limpia.

A veces también duele. 
A veces una también llora cuando lo que creía se rompe y se queda sin suelo por un momento.

He leído, sí, pero más que eso, me he contradicho, me he equivocado, he tenido que desaprender versiones de mí que pensaba definitivas. Por eso, si a veces parezco firme, no es porque crea tener la razón absoluta, sino porque sé lo que implicó llegar a este punto.

Cuando me enfrento a ideas que siento peligrosas o poco pensadas, a veces me dejo llevar. No siempre respondo desde la calma; a veces hay algo en mí que reacciona, que se enciende, que no quiere ceder ni suavizar. Y después lo cuestiono. Me pregunto si era necesario, si era la forma, si ahí también hay algo que tengo que seguir trabajando.

Dudo. Dudo todo el tiempo. Pero entre hacerme pequeña para no incomodar y sostener lo que he construido con tanta fricción, elijo no traicionarme.

enero 13, 2026

Reflexión: Manifiesto para hacer cosas sin permiso

El mundo está roto —o al menos así se revela cuando llegas a la adultez— y entenderlo suele doler. Empiezas a notar las grietas: la prisa constante, la exigencia de ser productivo, la presión de que todo tenga sentido, utilidad o rentabilidad. Esa lucidez a veces paraliza, pero no debería hacerlo. Nada de eso tendría que quitarte las ganas de hacer proyectos personales pequeñitos, casi invisibles, intrascendentes para el sistema y profundamente necesarios para ti.

Hacer algo solo porque te nace, aunque no lleve a ningún lado, aunque no sea perfecto, aunque nadie lo pida, es una forma de desobediencia suave. Crear sin objetivo claro, sin promesa de éxito, sin validación externa. Jugar, probar, equivocarte, insistir. No como estrategia, sino como impulso.

No hay nada más punk que hacer algo porque te da la gana. Sin pedir permiso, sin explicar por qué, sin justificar su existencia. En un mundo obsesionado con la utilidad, elegir lo inútil es un acto radical. En una cultura que premia la corrección, elegir el error es libertad.

El cringe, la vergüenza o el remordimiento no deberían pesarte a ti. Que los carguen quienes necesitan aprobación constante, quienes miden todo en likes, dinero o resultados. Hacer cosas por gusto, por necedad o por simple curiosidad no es inmadurez: es una manera de seguir vivo cuando todo invita a apagarse.

Si el mundo está roto, no es tu responsabilidad arreglarlo todo. A veces basta con seguir creando algo pequeño, torpe, honesto. Algo que exista solo porque tú quisiste que existiera.

noviembre 07, 2025

Reflexión: No hay atajos para la tristeza

Me declaro en franca rebeldía. La vida, áspera y estrecha, no ofrece asiento.

No soporto las voces de los incautos seducidos por modas de la nueva era —o como se llamen—; no me sirven. Que nadie me predique milagros del secreto, leyes de atracción, rayos violetas ni danzas cómicas. Tampoco profetas de ocasión.

Las cosas son como llegan y, a veces, no hay atajos. La tristeza es tristeza, el dolor es dolor, el fracaso es fracaso y el desamor, desamor. Ya basta de cubrir con cintas doradas el hueco de la ausencia; de fingir, con frases de tarjeta y cafés tibios en velorios, que lo roto se recompone por obediencia.

Elijo sentir lo que late: rabia, desamor, angustia, zozobra. El eco de una puerta que se cerró para siempre. La foto enmarcada que no contesta. Un nombre que ya no vuelve cuando lo llamo. Algunas tardes la casa huele a flores marchitas y cera; el sobre del acta, en el cajón, pesa más que un libro. Todo cambió de sitio sin avisar: la mesa quedó grande, las sábanas sobradas, los domingos con demasiado silencio. Aprendo a contar de otro modo: antes y después.

No lucharé por sofocar esto con agua bendita ni con promesas instantáneas. Si hay un infierno, me haré cargo: arderé lo que haga falta, hasta las cenizas. Y quizá entonces —no como el manido ave fénix—, sino como quien soporta la mirada de la pérdida sin agachar los ojos, encuentre una forma nueva de decir mi nombre y encontrarme.

Sigo en rebeldía porque las puertas se han cerrado y una verdad me ha estallado en la cara. También voy en contra del mandato de “seguir adelante” cuando todavía camino entre lápidas y urnas invisibles, cuando el “adiós” pesa como plomo en la lengua. No busco consuelo: nombro a los ausentes, dejo que la tristeza haga su trabajo lento, reacomode muebles y costumbres, borre rutas y trace otras. Y en ese trazo incierto, sin prisa, empiezo a reconocer la nueva forma de mi vida.

noviembre 04, 2025

Reflexión: Monstruo

Peor aún, Clarice… sentirse monstruo por pensar o ser diferente y darse cuenta de las atrocidades que son capaces de cometer los verdaderos monstruos que con toda tranquilidad se ven a sí mismos como personas normales.

Por eso dicen que no hay que temer del que se tiene por malo, pues ese tiene un armazón moral y una consciencia ética que le recuerda el valor de sus actos. Hay que temer del que comete atrocidades justificándose de que es lo correcto y está haciendo el bien.