Acércate.

Recuerda que el problema con la locura es que ya no es vista como una virtud.


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domingo, 9 de septiembre de 2018

El barandal de la escalera

La tristeza y la angustia irrumpió mi infancia, pero aguanté.

Recuerdo mi infancia, particularmente, a partir de cuando empece a ir a la escuela, lo tomo como un momento muy triste y angustioso de mi vida. No entendía las convenciones sociales y aunque las fui descubriendo poco a poco, no podía ajustarme a los otros con espontaneidad. Mi infancia transcurrió en la más absoluta soledad estando rodeada de gente, así como aguantando burlas y miradas de lastima. Nunca supe como hacer para pertenecer y conectar con los demás. Tuve dos amigas durante todo mi preescolar y primaria. En realidad, no hice nada para tener más amigos porque no sabía como hacerlos. A los demás les era tan fácil... ¿por qué a mí no?. Lo más doloroso no era la soledad en sí, sino no poder experimentar las vivencias, las emociones que veía en otros cuando se relacionaban entre sí. Les veía reír y disfrutar cuando estaban juntos. Nunca experimenté ese sentimiento de complicidad social incluso con mis dos amigas, de disfrute social. Envidiaba sentir todo eso. Era muy doloroso no poder sentir placer social estando con gente.

¿Sabes?, el sentimiento de soledad es como estar perdido en un mundo oscuro, es como estar en una jaula, es como estar amarrado, es como estar en una cárcel oscura y fría. Desde la ventana de la celda puedes escuchar sonidos, los ves ir y venir y lo peor: escuchas las risas. Puedes verlos, puedes sentir lo bien que se lo están pasando, pero no puedes compartir, experimentar esas vivencias, esas emociones, esas risas. La soledad lleva a un estado de amargura, de auto-daño por no ser como los demás, por no disfrutar al igual que los demás. Sientes que en el reparto del pastel se han olvidado de ti.

Me refugiaba en mi habitación y muchas veces a llorar a escondidas, a solas. Pero, después de llorar y llorar, algo en mi interior tiraba de mí, como si me arrastraran a la orilla desde las profundidades del mar. No llegué nunca a ahogarme del todo, nunca me derrumbé del todo. Siempre había una pequeña grieta por el que ver la luz. Mi mente me obligaba a levantarme. Para mí, "derrumbarse" suponía una debilidad y eso mi mente rígida no me lo iba a permitir. No les dejaría ver al mundo mi vulnerabilidad y con ese propósito mi mente se iba endureciendo para no desfallecer, para levantarse y levantarse después de los tantos llantos. No hubiese aceptado ayuda, no hubiese tolerado que me trataran como "niña débil" o una "niña rarita", eso nunca; así que el dolor solo lo experimentaba a solas. En esa soledad tétrica, mi mente generaba metáforas de vida y una de ellas era "el barandal de la escalera".

Esta metáfora apareció durante mi estancia en la vocacional.  Yo necesitaba un plan de vida que me organizara, que diera sentido a mi vida y lo mejor que encontré fue estudiar. Realmente no es que fuera una alumna brillante, pero estudiar daba sentido a mi vida: había un proyecto (un qué) y una continuidad que contrarrestaban la imprevisibilidad.

Estudiar me daba seguridad porque había un plan a medio-largo plazo que me organizaba. Estudiar era como subir por una escalera peldaño a peldaño: después del primer semestre vendría segundo, después tercero, así hasta sexto.... Después de la vocacional la universidad, después.... la escalera con el barandal al cual sostenerme era una imagen que me venía en los momentos de desfallecimiento: "no sueltes el barandal, no lo sueltes" me repetía a mi misma.

Durante la vocacional sufrí crisis y eso hizo que perdiera clases, que llegara a casa muy desmoralizada y me encerrase a llorar. No podía estudiar. Pensé en tirar la toalla, pero entonces me vino a la mente una imagen terrorífica: el hueco de la escalera. Si la escalera desaparecía y no podía aferrarme al barandal mi único paisaje sería la nada del agujero de la escalera y me invadía el temor a caerme en él. Pensar en ese agujero profundo y oscuro sin fin era más angustiante que pensar en dejar de estudiar; así que retomé los estudios. Con mucho esfuerzo recuperé las notas y conseguí llegar a la universidad. Como ya he comentado la universidad fue como conseguir una meta de vida. Fue agotador, angustiante, pero lo conseguí. No me siento una privilegiada por haber conseguido lo que he conseguido, me considero una luchadora. Aunque aún no he podido obtener mi título.

Llegar a la Universidad fue una primera meta de vida, pero después fue algo decepcionante, la tristeza y angustia no terminó. Las crisis volvieron y volvía a perder clases, me han perseguido por años, pero no me he dejado caer.

He encontrado unos escritos de cuando salí de la universidad en los que expreso la sensación de fracaso y desconsuelo que sentía por aquella época, a pesar de haber conseguido objetivos de vida que a otras personas les parecería loables: como tener una carrera y haber estado en una relación de pareja casi cuatro años.

"...solo se que últimamente tengo muchas ganas de llorar y que todo me enfada y que, por otro lado, intento dar una imagen serena y de mujer feliz e inteligente, lo cual también me harta. Me duele haber fracasado y no poder reconocerlo. He fracasado conmigo misma sobre todo, y cuando se es una persona egoísta como lo soy yo, eso duele mucho. Me gustaría cambiar, ser diferente, ser simple, tener sentimientos simples en una vida simple, pero no. Es posible que mi parte oscura, mi Dr. Jekyll o m. Hyde, no se quien es el malo, tenga intenciones que yo desconozco".

Ser dependiente de mi familia me hacía sentir frustrada y débil y lo peor era pensar en la posibilidad de que siempre sería así, que siempre sería dependiente de alguien. No encontrar trabajo me producía gran desasosiego. Se me pasaron por la cabeza ideas de abandono, de terminar con mi vida (las intenciones oscuras de Hyde). ¿Qué sentido tiene vivir?. Pero, en esos momentos tétricos, de ojeras profundas por el llanto volvía a aparecer alguna de mis metáforas de vida (mi querido barandal de la escalera); así que después, de llorar y llorar, flagelarme, cuando recuperaba la calma me obligaba a sostener el barandal: la vida podía cambiar. Con lápiz y papel en mano empezaba a planificar mi vida de nuevo y así hasta ahora. Me he caído muchas veces, pero siempre acabo levantándome... La vida es un constante caerse y levantarse. Es agotador, pero no hay otra...

domingo, 2 de septiembre de 2018

Lo que te sobra


Me pides que comprenda tus lamentos, que comparta tus desdichas y tus sueños, que respete tus momentos, que no hable cuando hablas, que tu mundo sea mi mundo.

Y yo… acepto.

Me das lo que te sobra de tus ratos muertos. Noches vacías donde yo duermo. Te doy mi esfuerzo, mi cansancio, mi alimento. Te doy mis sueños rotos esperando que construyas sueños nuevos. Te pido que me escuches, que me abraces, que me beses, que me acunes en el miedo, que respetes lo que soy y lo que quiero. Me das alguna sonrisa, algún gesto, algún retazo perdido de tus adentros, algún momento furtivo que le quitas a tu tiempo.

Y yo… acepto.

martes, 21 de agosto de 2018

Te quiero


(a quien corresponda)...

Te quiero con todo lo que tú eres, con tu sonrisa y con tu llanto;  te quiero por y a pesar de todo, en tus sueños y en tus desvelos. Te quiero por tu mirada sincera y profunda, te quiero por tus manos cálidas; te quiero al despertarte y al acostarte. Te quiero cuando te enfadas y cuando me enfado; te quiero al callarte y cuando hablas. Te quiero porque eres música y también silencio. Te quiero porque hay cosas de mí que no te gustan y otras que te encantan. Te quiero por todo lo que sabes y todo lo que no sabes. Te quiero por todos tus esfuerzos, cuando te equivocas, cuando aciertas; cuando me equivoco, cuando acierto.
                
Te ofrezco mi amor que te acompañe, te doy mis manos para caernos y levantarnos juntos, te doy mi risa cuando estés llorando y mi llanto para tu hombro, mis ojos para que tu mirada tenga siempre donde reflejarse; te doy mis defectos para dejarme ser mejor. Acepto y amo los tuyos para que tú también los quieras. Te doy mis esperanzas y mis sueños para moldearlos juntos, día a día. Te doy mi boca para que saborees besos. Te doy mi amor para que nunca estés sólo.

Te quiero, tan solo dos palabras que implican todo esto, es lo mejor que puedo darte porque tu amor es lo mejor que tengo.

domingo, 12 de agosto de 2018

Espejismo


Todo indica que el aliento de la vida es la única esperanza de ser felices, saber que estamos vivos que somos parte del tiempo, que somos parte del aire, del viento, que el oxigeno nos envuelve y mece a su antojo y nos insufla vida. 

Si nosotros trazamos el camino, deberíamos poder decidir sin equivocarnos, sin poder mirar atrás con la seguridad de un aventurero experimentado, sin embargo, los pasos que damos muchas veces son erróneos, pero no por ello, menos necesarios. La infancia es el cuento en el que se sustentan nuestras vidas, es una letanía que nos ofrece el tiempo, una posibilidad de saborear la verdadera esencia de las cosas, la mirada de un niño es siempre ilusionante e ilusionada. ¿En qué lugar perdí yo la mía? ¿En el primer beso, en el primer llanto…cuándo comprendí que la felicidad está de paso, cuándo sentí la ausencia, el aislamiento, el vacío, por primera vez? A pesar de todo, tengo mucho pero me sigue faltando algo importante. 

Somos parte de un movimiento, de una rutina en equilibrio, queremos tener amor, dinero y no disfrutamos hasta que comprendemos o sentimos que algo puede ir mal y es entonces cuando compruebas que todo aquello que tienes puede desaparecer sin más, de un soplo, así, sin más y entonces quieres coger y guardar en un rincón de tu alma  todos los recuerdos, momentos, sensaciones que alguna vez te hicieron feliz, y que los caminos que hemos andado no nos permiten recuperar. Es entonces cuando quieres sacarle todo el jugo a todas las sensaciones que nos ofrece el estar vivos, como lo hacías cuando eras niño; entonces no podías entender el valor de cada segundo, de cada sonrisa, de cada juego, y ahora que lo comprendes, no puedes disfrutarlo porque no tienes la ilusión de aquellos ratos y porque te pasas las horas preocupándote en encontrarla y en pensar que quizás cuando la encuentres, será demasiado tarde. ¿Cómo se saborea un segundo, cómo se disfruta y palpa un instante? La felicidad es algo tan simple y tan complicado, tan cálido y tan helado cuando no está, tan amable y tan descortés… tan poca, tan lenta, tan rápida…

domingo, 5 de agosto de 2018

No es por nostalgia

Después de un rato alejada de escribir aquí, aunque poco de la ventana virtual, vuelvo a asomarme en este blog para compartir lo que me gusta y lo que me duele, lo que me motiva y lo que me desalienta, lo que apoyo y por lo que difícilmente alguna vez podré luchar.

En este tiempo he cambiado de orilla pero no de horizonte. Mis sueños y mis pasos los sigo andando sin despegar la mirada aún. No es por nostalgia que giro una y otra vez hacia aquel lado del abismo, si no por amor.

La soledad y decepción me aleccionó sobre la vida, me enseñó a defenderla un poco más y a plantarle cara. Como me caí no una sino muchas veces, tuve que aprender a levantarme otras tantas. Como las cosas no son fáciles, he intentado comprender sin complejidad. Como la mañana no estaba pavimentada de antemano, no me queda más remedio que inventarla cada día.

Estas ganas, aunque pocas, de seguir, ese afán por entender el mundo que me rodea, y ese empeño pseudocreativo en encontrar mi lugar en él han ido creando mi modo de pensar, de sentir y de decir. Y, por lo tanto, el puñado de párrafos que he ido escribiendo.


lunes, 29 de enero de 2018

Color de tu mirada

Yo observo el color de tu mirada
y en mis ojos me lamento
por no estar donde el aire se hace fuego,
porque le falten tus labios a mis besos.

Vamos a quedarnos solos esta noche,
solos y muy quietos,
y no dirás que no te quiero
hasta que sueltes tu tiempo de mi tiempo.

Quiero llevarte agua y aire frío
y escurrirme a lo largo de tu cuerpo
con mis manos, mi lengua, mis ojos,
y la punta de mis dedos.

Quien sabe quien pueda como dios
detener el tiempo y cambiar la historia,
y así mover tu cuerpo hacia mi cuerpo.

domingo, 28 de enero de 2018

El mundo es porquería

Hace aproximadamente un mes, cuando andaba recuperándome de mis manifestaciones personales, alguien me comentó sus propias reflexiones:

“El mundo es porquería, lo es. Es una porquería y punto. Yo reciclo, uso focos ahorradores y cierro la llave mientras me lavo los dientes. Nada de eso salvará el mundo.”
Por un momento me pareció algo muy inteligente. No porque fuera algo que no se me hubiera ocurrido antes, sino porque lo dijo con ese toque ácido que me llegó al corazón. Sólo le faltó decir que quería poner una bala en la cabeza de cada panda que no se reprodujera para salvar la especie.
Me pareció muy inteligente, y me pregunté qué carajo nos pasa a algunos que parece que tenemos una obsesión por salvar el perro mundo, una obsesión que nos impide dormir por las noches, que no nos deja sonreír tranquilamente.

Qué urgencia más extraña la nuestra. Cómo si el mundo hubiera hecho algo por nosotros. Como si la humanidad fuera un regalo para este planeta.


A veces me da mucha envidia toda esa gente que, teniendo acceso a la misma información que yo sobre el estado del mundo, consigue vivir felizmente en un estado de ensueño. Me pregunto cómo hace uno para mirar hacia otro lado todo el tiempo e ignorar el dolor.

Los automóviles siguen funcionando con petróleo usando una tecnología que tiene muchísimo tiempo, llenando la atmósfera de humo y consiguiendo que nos ahoguemos lentamente en nuestra propia porquería. Cada día quedan menos árboles. Cada año se fabrica y se pone en las tiendas más y más basura inútil que nadie necesita pero que compra para justificar sus horas semanales de explotación laboral. Poca gente cree que el trabajo que realiza tenga un impacto positivo en el mundo, sino todo lo contrario. Muchos siguen sin reciclar la basura, y los que la reciclamos rezamos para que el señor de la basura no la vuelva a juntar después y a enterrarla en la montaña, lugar del que inevitablemente un día volverá. Yo tiro las pilas a los contenedores especiales, pero cada vez que lo hago pienso en todas aquellas personas que las echan a la basura común, así nomás. Supongo que a ellos nunca les explicaron el problemota que se puede generar. Quizá mi problema es que sé demasiado. En cualquier caso no hace falta pensar mucho para saber que la suciedad que se mete debajo de la alfombra vuelve a salir después. Imagino que en el fondo les importa muy poco, que son conscientes de que la vida es corta y que no serán ellos los que sufran las consecuencias. O si las sufren, no será hoy. A ver qué ponen en la tele. Industrias farmacéuticas perpetuando los mismos problemas que dicen resolver, vendiendo a precio de oro el elixir de la falsa felicidad, y babosos como yo criticándolos. 

Se continúan provocando guerras, se continúan creando armas, se continúan silenciando opiniones.

El país está lleno de ratas y desalmados. Creo que un día me largaré para no verlo. No puedo más. Políticos azuzando el fuego del nacionalismo tratando de sacar un beneficio electoral, revolviendo el mar para ser luego ellos mismos los únicos que obtienen ganancia. Políticos trincando comisiones, permitiendo que se regale hasta el último metro cuadrado de una costa de un país privilegiado.. Y los demás mirando hacia otro lado, comprando viviendas para especular y metiendo un BMW en la hipoteca a interés variable, no sólo consintiendo la corrupción política sino echando carbón a su caldera, admirando a aquellos que manejan lo que ellos no tienen la oportunidad de robar. Y ahora, después de años de alimentar el espejismo, viene la parte en la que el castillo de naipes se viene abajo, la parte en la que toca tragar heces, la parte en la que la suciedad sale de debajo de la alfombra y hay que lidiar con ella.



Me pregunto cómo hace la gente para mirar hacia otro lado y, no ya ser feliz sino parecerlo. Cuando miro a México siento vergüenza, y si intento mirar hacia otro lado sigo oliendo el olor que destila. Y, sinceramente, se me hace un nudo en el estómago y se me inundan los ojos. Lo único que puedo hacer es mirar a mi alrededor y aguantarme las ganas de "echar bronca", y esperar que la gente aprenda la maldita lección, que aprendan que ellos no son sus trabajos, que no son sus cuentas en el banco, que no son los coches que tienen, que no son el contenido de sus carteras, que no son los restaurantes caros a los que van, ni los putos pantalones que llevan puestos. Son la mierda cantante y danzante del mundo. 

Quizá, después del desastre, haya quien lo comprenda esta vez, entienda que no es un hermoso y único copo de nieve, sino que es la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás. Todos somos parte del mismo montón de mierda.


La mayoría de personas de mi generación nacieron en una sociedad libre y organizada. Siempre han tenido más de lo que han necesitado. No han conocido el hambre. Han tenido una educación decente. Lo hemos tenido todo hecho desde el principio, y en vez de aprovechar ese impulso para llegar más lejos, hemos dado un paso atrás.

Nos han hecho creer que la felicidad se esconde en el siguiente modelo de iPhone, en un coche caro, en unas bolsa de diseñador, en la final del mundial de fútbol. Algunos de nosotros hace tiempo que nos dimos cuenta de que la felicidad que esas cosas nos proporcionaban no duraba ni una semana, y nos empezamos a preguntar qué era lo que daba la felicidad realmente. Nadie tenía una respuesta satisfactoria para nosotros.

Como decía Tyler, de El Club de la Pelea:

“Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy enojados”.
¿Y qué podemos hacer? De entrada no mucho. La misma persona del principio me contaba su camino personal:

“Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción de Neal Stephenson, “La Era del Diamante”. En uno de los pasajes hacía referencia al sintoísmoel conocimiento debe ir de dentro hacia fuera. Primero debemos conocernos, entendernos, aceptarnos y después proyectarnos hacia fuera; conocer, entender y aceptar a los demás y al mundo para que así el mundo pueda conocernos, entendernos y aceptarnos. Esa es la vía que sigo desde entonces: conocerme a mí mismo, conocer al resto y hacer que me conozcan.
Creo que eso ayudará al mundo, en algún plano. Lo único que le falta a este puto mundo es pararse a escuchar”.

Yo también creo que esto ayudará al mundo en algún plano. Pienso que el mundo se parará a escuchar cuando tengamos algo interesante que decir. Y quiero que el mundo piense un poco más, aunque sea un poco. 

De momento, a los que ya sabemos que no somos un hermoso y único copo de nieve, nos queda la responsabilidad de empezar a considerar nuestro papel en el mundo. Eso y seguir reciclando, usando focos ahorradores y cerrando la llave mientras nos lavamos los dientes.

Lo estamos haciendo muy bien.