El mundo está roto —o al menos así se revela cuando llegas a la adultez— y entenderlo suele doler. Empiezas a notar las grietas: la prisa constante, la exigencia de ser productivo, la presión de que todo tenga sentido, utilidad o rentabilidad. Esa lucidez a veces paraliza, pero no debería hacerlo. Nada de eso tendría que quitarte las ganas de hacer proyectos personales pequeñitos, casi invisibles, intrascendentes para el sistema y profundamente necesarios para ti.
Hacer algo solo porque te nace, aunque no lleve a ningún lado, aunque no sea perfecto, aunque nadie lo pida, es una forma de desobediencia suave. Crear sin objetivo claro, sin promesa de éxito, sin validación externa. Jugar, probar, equivocarte, insistir. No como estrategia, sino como impulso.
No hay nada más punk que hacer algo porque te da la gana. Sin pedir permiso, sin explicar por qué, sin justificar su existencia. En un mundo obsesionado con la utilidad, elegir lo inútil es un acto radical. En una cultura que premia la corrección, elegir el error es libertad.
El cringe, la vergüenza o el remordimiento no deberían pesarte a ti. Que los carguen quienes necesitan aprobación constante, quienes miden todo en likes, dinero o resultados. Hacer cosas por gusto, por necedad o por simple curiosidad no es inmadurez: es una manera de seguir vivo cuando todo invita a apagarse.
Si el mundo está roto, no es tu responsabilidad arreglarlo todo. A veces basta con seguir creando algo pequeño, torpe, honesto. Algo que exista solo porque tú quisiste que existiera.