Acércate.

Recuerda que el problema con la locura es que ya no es vista como una virtud.


Bienvenidos

mayo 01, 2021

Ficción: ¡Estás aquí!

Texto inspirado en la experiencia de un conocido.

- Bueno

- Hola, ¿cariño?

- Si...

Su voz del otro lado de la línea me parecía tan familiar y lejana, no atiné a decir más, sólo lo escuché, mientras mil recuerdos vinieron a mi mente. Parecía mi memoria un rompecabezas sin completar, un libro cerrado hacía mucho tiempo. Y en un segundo sucedió, retorné al pasado, por un minuto me sentí niña otra vez, con esa mirada limpia como el horizonte donde me pierdo por horas.

Recordé a mi abuela con su rostro dulce y amable, sentada en su mecedora favorita, diciéndome: “ven cielo, ven mi niña, siéntate aquí junto a mí”, oyendo como me contaba las más bellas historias que jamás volví a escuchar; mientras Nino, el gato de la casa, juguetón ronroneaba sintiendo mis caricias en su lomo aterciopelado.

Me pareció ver de nuevo la merienda dispuesta en la mesa, en esa mesa larga de mantel blanco de encaje y flores, con sillas enormes donde mis pies colgaban. - ¡Donas y leche fría para mi niña! - decía mi abuela y con sus ojitos tiernos me sonreía, mientras yo aguardaba mi momento favorito del día... verlo llegar.

Esperaba oír el ruido de las llaves en la cerradura, y ver aparecer su silueta que aún en la penumbra de la vieja sala sabía distinguir. Sentía su aroma inconfundible, y sus brazos extendidos esperándome mientras yo corría a su encuentro saltando de alegría: ¡has llegado! ¡estás aquí!

Tantos recuerdos, y hoy desempolvo su voz, esa voz que no borró de mi corazón la ausencia. Hoy lo escuché de nuevo, hoy volvió.

- Perdóname, han pasado muchos años, quería buscarte, pero tenía miedo... y ...

- ¡Estás aquí!... sabía que regresarías... siempre te esperé…papá.

marzo 20, 2021

Poema: Rabia de medianoche

Un rugido de trueno,

luz azul que chispea y se desvanece.


Cielo de maravilla;

un revuelo de sombras estelares turbias.


Huellas de calor y resuenos

que hacen temblar la tierra.


Los árboles caen y las paredes de piedra se derrumban,

de una tormenta que sacude a un pueblo.

diciembre 09, 2020

Prosa: Rara

Anteriormente ya había platicado de mi diagnóstico, ahora bien, cuando llego a comentarles a las personas acerca de esto, por lo general sucede de dos maneras; o no pueden hacerme encajar en su idea de lo que es el autismo/asperger y rechazarlo por completo, o me tachan de "rara necesitada de atención" y lo dejan ahí.

Sin embargo, esto explica mi falta de contacto constante, mi dificultad para ver a los ojos, explica mi monólogo sobre las cosas que me interesan, explica por qué en ocasiones sociales me muevo por una habitación como un engranaje suelto en una máquina: me engancho, me atasco en algunos lugares, choco contra esto y aquello antes de arrinconarme y quedarme allí.

Esas son algunas de las cosas sobre mí que puedes ver. Lo que no puede ver son los otros "bits"; mis problemas con la función ejecutiva que va de la mano con mi problema para responder algo sin antes haber hecho todo un mar de análisis y conjeturas, mi batalla interminable con la literalidad, mi lectura de labios sobre el procesamiento auditivo, mis problemas sensoriales, mi ansiedad social, mi afinidad con las letras y el cine, mi gusto desmedido por los búhos, Harry Potter y las luces parpadeantes, y así sucesivamente.

En esta entrada me dedicaré a hablar de un tema bastante sensible, mi dolor. Nunca he sido buena para comunicar mi dolor. Es una gran debilidad. Soy malísima pidiendo ayuda, soy terrible para comunicarme contigo, y soy peor cuando estoy distraída por la incomodidad física y la sobrecarga sensorial.

Algunas veces me han dicho que estoy bien "entrenada". Que enfrento bien las situaciones estresantes, cuán bien soporto la conmoción y el dolor. No porque lo haga, sino porque comunico estas cosas de manera diferente. Me contengo, me contengo mucho y en gran parte se debe a mi ansiedad social.

¿Qué es el dolor? ¿Cómo se cuantifica? ¿Cómo te enteras de cuánto o qué tan pequeño eres?

Soy autista, asperger o TEA (como gustes llamarlo), lo que significa que tengo una condición y dificultades en mi comunicación social, es decir que no entiendo de forma natural o intuitiva (quizás lo más importante) como comunicarme con los demás.

No lo negaré, la mayoría de las ocasiones puedo hacerlo todo. He aprendido tus formas, tus movimientos, aunque es posible que no entienda por qué esta pregunta necesita esta respuesta, pero sé lo suficiente como para de igual forma decirla. Hay día en los que sé cómo interpretar tu lenguaje corporal, cómo ubicar tu entonación, cómo hacer gestos o cómo colocar mis expresiones. Estoy tan bien entrenada, que ya es una habilidad tan usada que podría pasar desapercibida y solo darte la imagen de una persona boba o torpe.

A menos que tenga dolor. El dolor desaparece todo mi entrenamiento. Borra mi capacidad de lectura, de concentración, de memoria y borra mi capacidad de mostrar expresiones.

Es como si el dolor destruyera mi capacidad de comunicarme como una no autista. ¿Por qué? Porque ocupa demasiado espacio.

Imagina que eres capaz de hablar bien otro idioma porque has practicado mucho. No lo hablas de forma fluida, tienes que pensar en cada palabra, pero puedes hablarlo. Ahora imagina que te sientes mal y necesitas decírselo a alguien, pero solo puedes hacerlo en ese idioma. ¿Qué tan difícil sería encontrar las palabras? Si te lastimas, ¿serás capaz de pensar lo suficientemente rápido como para decir la palabra correcta, o responderías de forma automática en tu lengua materna?

Cuando siento dolor, mis expresiones caen, mi entonación "cotorra" se vuelve baja y plana, mi cara en blanco, mi cuerpo rígido, mi mirada se aparta aún más de los demás. Cuando tengo dolor me vuelvo silenciosa y pasiva, y conectarme con otras personas parece un sueño lejano, un imposible.

Las palabras están en mi cabeza, pero lucho por que salgan. Hablar se siente raro y ajeno. Todas las formas en que sé pedir ayuda se me escapan de las manos y las miro mientras caen.

El dolor me vuelve "auténticamente" autista, me quita la máscara y mis conexiones. Me sienta; silenciosa y sola.

Te pongo un ejemplo. Puedes hacerme una pregunta en esos momentos para medir mi dolor, pídeme que dé un número del 1 al 10. La gran idea es que solo quieres saber qué tan malo es mi dolor: no soy una gran pensadora de forma natural. Ve cómo trato de encontrar la respuesta "correcta". No puedo ir demasiado lejos, ¿Qué tan fuerte es sentir que me desgarro por dentro? ¿Qué tan fuerte es un ataque al corazón? ¿Qué tan fuerte es el mayor dolor que puedo imaginar? O peor aún, ¿Cómo se cuantifica un dolor emocional?, ¿Cómo sé la intensidad de mi tristeza, de mi desesperación, de mi impotencia? Lo mejor es ser moderada. Lo mejor es decir que el mayor dolor que he experimentado es un 7, y esto está casi ahí, así que es un 6.

El panorama general es que quieren saber cuánto sufrimiento siento, pero no puedo ver eso sin mi filtro de comunicación en su lugar. Y entonces me dejarás con el segundo mayor dolor que jamás haya sentido, porque no puedo hablar tu idioma.

Poquísimas personas cercanas a mí, saben que cuando me quedo en silencio e inmóvil (aún con mis manos que muevo constantemente o juegue con mis muñecos), esos son los momentos en los que estoy en problemas. Entienden mi comunicación.

Si llego a llorar, me desbordo, lo hago profundamente y mis lágrimas fluyen sin parar; mi sollozo pareciera que nunca cesará, no importa el número que haya utilizado para medir mi dolor. Es incontrolable. Y es que a pesar de mi autismo/asperger, no soy el hombre de hojalata del mundo de Oz que busca desesperadamente un corazón, tengo uno y late tan fuerte como el tuyo.

Me preocupa que algún día estén cerca de mí personas que no lo entiendan. Las personas que piensan que el dolor se ve grande y fuerte, porque obviamente, no es pequeño, silencioso y lejano.

Cuando digo que encuentro algo difícil, no me digas lo fácil que es. Por favor, no me digas que tengo que hacerlo así o así. Nunca será fácil para mí. Siempre tomará tiempo y energía que podría gastarse en otra parte. Si encontraras difícil resolver un cubo rubik, jugar ajedrez o pasar un nivel de un videojuego, no te diría lo fáciles que son. No te diría que hagas esto o aquello. 

Por favor recuerda que no importa que tan genial parezca ser una de ustedes, no lo soy. Tu lenguaje no es mi idioma. Tu intuición no es mi intuición.

Y también recuerda que no siempre puedo comunicarme a tu manera. No siempre puedo hacer cosas por ti, a veces necesitaré más, a veces pediré ayuda en mi camino. La pregunta es, ¿tendrás la disposición para escucharme?


diciembre 01, 2020

Ficción: La espera

Él apresuró sus pasos, la tarde era fría con color a otoño, después de mucho tiempo de no verla por fin la encontraría.

Arribó a la estación de tren, ella aún no llegaba. Se sentó impaciente en una banca sintiendo correr lentamente los minutos. A su lado una señora de avanzada edad tejía con delicadeza una bufanda de estambre, con experiencia parecía entrelazar en sus manos días de vida y añoranza... también esperaba. No pasó mucho tiempo cuando un hombre de cabello cano y la ternura dibujada en las marcas que dejan los años se acercó a la señora, con un saludo cálido le dio su brazo como apoyo y así se alejaron. Él pensó si algún día se vería así junto a ella, venciendo el tiempo y esperándola siempre con los brazos llenos de tanto amor.

De pronto su corazón latió aceleradamente a lo lejos la vio, distinguió su silueta, era ella. La miró fijo y ella le sonrió con esa sonrisa inolvidable que le iluminaba el alma. La abrazó, ella apoyó la cabeza en su pecho escuchando el latir de ese corazón que adoraba tanto.

Caminaron, irían a tomar un café... que más daba si ya estaban juntos. Ella temblaba en sus brazos, él la protegía. Eran tan pocas las oportunidades para verse y tanto el amor que sentían. La tomó de la cintura y la besó con pasión, en un beso anhelado, prohibido, que esperó mil lunas e hizo ese momento perpetuo, tatuando dos corazones que no debían experimentar aquel incontenible sentimiento.

Había tanto por decirle, tanto por amarle y sin embargo sólo un par de horas pudieron robarle al día. No había tiempo, no había espacio, era una locura amarse pero lo hacían.

Era tarde, el momento de decir adiós llegó, ella tomó sus manos con la promesa de volverle a ver, él la abrazó sabiendo que no sería así, que aunque su corazón se quedaba con ella, ya el camino estaba trazado. La miró fijamente, profundamente y ella le sonrió con esa sonrisa encantadora. Él besó su frente y ella contuvo el llanto. Aquel momento quedaría eterno en su memoria sabiendo que su vida no le pertenecía, sabiendo que era imposible amar como le amaba, sabiendo que era quizá el último adiós.

noviembre 25, 2020

Prosa: Lee lo que te de la gana

De mi experiencia trabajando en una librería y mi vida como lectora.


No tengas el menor remordimiento. Hazlo con la naturalidad con la que te quitas los zapatos que te están incomodando y no resultan de tu agrado. Eso es lo que hay que hacer con determinados libros, saber prescindir de ellos. Sé muy bien que una cosa es dar una recomendación y otra muy diferente llevarla a la práctica. Muchos de nosotros arrastramos sentimientos de culpa autogenerados que nos imponen pesadas cargas.

Llevamos a cuestas decenas de inercias, complejos y culpas que por razones inexplicables nos impiden desprendernos de cierto material bibliográfico con agilidad. Hay quienes sufren libros que no quieren terminar (porque son un suplicio) pero se sienten presionados por su propia conciencia (como si fueran peregrinos de camino a la Basílica, el que una vez iniciado lo deben por fuerza concluir) a ponerles fin. Esos libros acumulan polvo en la mesita de noche o el buró, o se maltratan en el coche esperando una oportunidad para ser leídos. En nuestros libreros se forma un pelotón de libros que leemos por obligación o por quedar bien. Y lo hacemos, en muchas ocasiones, por aquello de que: no se puede andar por la vida sin haber leído el último ensayo sobre los impactos del calentamiento global o el libro que te hará millonario en poquísimo tiempo. O tal vez el último ensayo de esos profesores-oráculos que se dedican a restregarnos en la cara que habían predicho (varios años antes de que ocurriera) el desastre de las torres gemelas o la pandemia. Su particular forma de presentar las cosas lo hace sentir a uno tan absurdo como si su predicción hubiera sido noticia de ocho columnas durante un montón de meses y sólo nuestra supina ignorancia pudo pasar por alto tan clarividente advertencia. El sentimiento de  culpa nos orilla entonces a leer (con una mezcla de resignación y humildad) los tabiques de esos genios de la predicción. Y venga a nosotros el sufrimiento.

Es también muy frecuente que (por aquello del desvelo social) nos autoimpongamos auténticas torturas literarias. No es muy agradable -es cierto-  que en una cena amistosa algún listillo te suelte el típico obús: ¿Ya leíste el último de Murakami? O también puede ocurrir que nos encontremos con su variante anglolactante que con tonillo melifluo pregunta: ¿No sabes si ya tradujeron el último de Mac Ewan al español? En ambos casos el diablillo que tenemos dentro nos conmina a dar una solución al “fuera de lugar” en el que el preguntón impertinente nos puso. En vez de ignorarlo paladinamente caemos en su trampa, y la reacción típico de quien sintió su amor propio lastimado será pedir el libro por Amazon o ir corriendo a la Gandhi (o el descarado que lo bajará de internet) esa misma noche y sentir la compulsiva necesidad de leerlo íntegramente para regresar el alma a su estado natural. Frustrante forma de leer esa.

El buen lector sabe que debemos resistir a todos esos cantos de vanidosa sirena y contestar con soberano aplomo: NO, no lo he leído. Un no redondito e impermeable a cualquier otra sugerencia que interfiera con nuestro sano propósito de leer solamente aquello que nos de la regalada gana.

Seamos francos, a lo largo de nuestra vida hacemos ya muchas concesiones leyendo un montón de textos, artículos, ensayos e informes por obligación. Nuestro trabajo o estudios lo requieren y por tanto lo cumplimos. Muchos, encontrarán placer en la lectura del material que constituye su trabajo o estudio; otros lo harán con gallardo profesionalismo. Pero una vez cumplidas las lecturas preceptivas para el buen desarrollo de nuestras tareas, debemos conferirnos a la imperial capacidad de sólo leer aquello que nos dé un placer enorme.

Si te gustan las novelas de fantasía no tienes porque informarle a ninguno de tus pomposos interlocutores que lo haces. Así te ahorra los clásicos comentarios de: “Eso lo leía cuando era niño”. La intimidad es para regodearse en todo aquello que a los demás les importa un comino; y la lectura es una parte del núcleo fundamental de actividades que no tenemos por qué compartir con los demás y mucho menos para hacerlo por quedar bien o conseguir prestigio social.

Si te gustan los escritores libertinos, sucumbe a la tentación de leerlos con tu bebida preferida y no le pidas permiso a nadie. Lea a Thomas Wolfe o al siempre imaginativo Schwob sin tener que imaginar que te vas a presentar a un examen de literatura. Concédete el derecho irrestricto de disfrutar en exclusiva lo que te gusta…sin complejos de culpa.

 Si te agrada la lectura erótica o tienes gustos sospechosamente emparentados con la ramplonería, tranquilo, lee tus libros a gusto. No te sientas obligado de invitar a tu imaginario profesor de lectura a la sala de tu casa. Mándalo a ya sabes dónde. A todos nos cuesta mucho ganar espacios de autonomía  y por eso vamos por la vida negando que nuestros autores favoritos siguen siendo Conan Doyle, Mika Waltari o hasta la mismísima J.K Rowling. –Jaja, perdonen mi potterlocura- Nos sentimos confundidos cuando en esas mágicas tardes de sábado en las que encontramos dos horas seguidas para estar con nosotros mismos, nuestros grandes compañeros son Dickens, Tolkien, Castellanos, Shelly, King o Camilleri, por ejemplo.

No sufras más, y piensa que una vez que ha llegado el nivel que tienes, nadie, ni siquiera tú mismo en funciones de Pepito Grillo, debes obligarte a leer lo que no te apetece. Al igual que Bush dijo, en una especie de rebelión infantil tardía, que a sus años (y siendo presidente de Estados Unidos) nadie podrá forzarlo a comer brócoli, pues bien, a ti -faltaría más- nadie tiene derecho a robarte tus ratos libres y obligarte a leer lo que no quieres.