He guardado ese día en un cuadro para verlo una y otra vez.
Fue como cualquier otro día, así tan común que la
tranquilidad en una ciudad tan caótica se vio natural, hasta cómplice. Qué
complejo fue todo en mi mente ese día. Y estabas ahí, inmóvil, sonriendo.
Tu cabello acomodaste y tus manos debieron temblar como lo
hacía mi corazón. Un pantalón de mezclilla, playera gris o café, ¿una chamarra
negra? La verdad no recuerdo la ropa, sólo tu cara que no quise mirar. Ya sabía
que iba enamorarme de ti, por causa y efecto, por ley de polaridad, por que
como es arriba es abajo, porque como venimos nos vamos. Todos los principios
del Hermetismo se hicieron presentes esa tarde. Tú aún no lo sabes.
Todo se pinto en sepia como una novela grafica... es por eso
que nosotros vivimos en una. "Nuestro libro sentimental".
Las horas pasaron poco a poco entre una plática superficial
de dos extraños que ya se conocían y se vuelven a conocer. Salimos del cine. El
frío, la humedad, el clima estaba conjugando bien, despacio. La tarde comenzaba
a brillar por las luces y tú intentaste besarme.
Pude escapar, huir, correr lejos de ti y luego arrepentirme
de lo que hice… el atardecer no me dejo.
Me quedé, trate de no contemplarte, sabía que me gustabas,
sabía que no debía estar ahí. Y tus
manos grandes sobre tus piernas. Hablamos de nada, de nada en realidad, porque
no recuerdo nada, solo la imagen, la escena, tu voz. La resonancia del clima.
No hubo música, más bien mucho silencio y destino. Te ame.
Hace mucho tiempo me dijeron que te conocería. Debí huir,
pero no me arrepiento hasta donde hemos llegado. Pude irme y decirte no. Sin
embargo, aquí estamos, llenos de cosas hermosas, llenos de esto, del otro. De
que no nos dejamos, de que nos amamos.
Y ahora seguimos aquí, después de un año, donde sigue el
engrane… suena, se mueve.
Ese día se va a quedar para siempre en mi memoria. Nunca
jamás, ni con todo el dinero y malicia me arrancarán ese día. De ese viernes frente a un hermoso atardecer de febrero.
