Acércate.

Recuerda que el problema con la locura es que ya no es vista como una virtud.


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noviembre 07, 2025

Reflexión: No hay atajos para la tristeza

Me declaro en franca rebeldía. La vida, áspera y estrecha, no ofrece asiento.

No soporto las voces de los incautos seducidos por modas de la nueva era —o como se llamen—; no me sirven. Que nadie me predique milagros del secreto, leyes de atracción, rayos violetas ni danzas cómicas. Tampoco profetas de ocasión.

Las cosas son como llegan y, a veces, no hay atajos. La tristeza es tristeza, el dolor es dolor, el fracaso es fracaso y el desamor, desamor. Ya basta de cubrir con cintas doradas el hueco de la ausencia; de fingir, con frases de tarjeta y cafés tibios en velorios, que lo roto se recompone por obediencia.

Elijo sentir lo que late: rabia, desamor, angustia, zozobra. El eco de una puerta que se cerró para siempre. La foto enmarcada que no contesta. Un nombre que ya no vuelve cuando lo llamo. Algunas tardes la casa huele a flores marchitas y cera; el sobre del acta, en el cajón, pesa más que un libro. Todo cambió de sitio sin avisar: la mesa quedó grande, las sábanas sobradas, los domingos con demasiado silencio. Aprendo a contar de otro modo: antes y después.

No lucharé por sofocar esto con agua bendita ni con promesas instantáneas. Si hay un infierno, me haré cargo: arderé lo que haga falta, hasta las cenizas. Y quizá entonces —no como el manido ave fénix—, sino como quien soporta la mirada de la pérdida sin agachar los ojos, encuentre una forma nueva de decir mi nombre y encontrarme.

Sigo en rebeldía porque las puertas se han cerrado y una verdad me ha estallado en la cara. También voy en contra del mandato de “seguir adelante” cuando todavía camino entre lápidas y urnas invisibles, cuando el “adiós” pesa como plomo en la lengua. No busco consuelo: nombro a los ausentes, dejo que la tristeza haga su trabajo lento, reacomode muebles y costumbres, borre rutas y trace otras. Y en ese trazo incierto, sin prisa, empiezo a reconocer la nueva forma de mi vida.

noviembre 04, 2025

Reflexión: Monstruo

Peor aún, Clarice… sentirse monstruo por pensar o ser diferente y darse cuenta de las atrocidades que son capaces de cometer los verdaderos monstruos que con toda tranquilidad se ven a sí mismos como personas normales.

Por eso dicen que no hay que temer del que se tiene por malo, pues ese tiene un armazón moral y una consciencia ética que le recuerda el valor de sus actos. Hay que temer del que comete atrocidades justificándose de que es lo correcto y está haciendo el bien.



agosto 28, 2025

Prosa: La mentira de la juventud perenne

Sentir el punto de quiebre, donde no hay retorno. El límite que marca lo que jamás se podrá llegar a ser, vivir o sentir. El camino transitado lo impide; las propias limitaciones del tiempo —cuando en el pasado todo era posible— lo transforman en su contrario, llevándonos a un anhelo de vida que, rodeado de las penumbras del pasado vivido, se transmuta en abstracción y ficción, posible únicamente en el inconsciente.

La llama encendida de una vela se consume como las horas que transcurren, mermando la vida, deteniendo el latido y el torrente de energía que incendiaba los pensamientos.

Se besan las noches pasadas, se abraza la almohada que sepulta los más terribles pensamientos, los deseos lujuriosos y los sueños tiernos. Lo poco que queda discurre en desvelo. La razón se impone en el conocimiento: ahora se sabe que todo aquello que se creyó imposible también acontece; nada perdona el olvido que llega con el tiempo.

El transcurrir ha sido violento. Los deseos se estancaron y la pregunta que fustiga persiste: ¿Cómo se llega a un lugar al que nunca se pensó siquiera en llegar, tan distinto a nuestros anhelos?

Se siente, se sabe, se vive. El cuerpo lo recuerda en señales irreversibles e indetenibles. El intento de desterrar las huellas del tiempo tatuadas en la piel nos conduce a escondernos en una mentira: piadosa, humillante, indigna. La mentira de una juventud perenne, ya perdida. Nada detiene el cansancio ni borra el dolor cincelado en el alma por lo vivido.

No hay retorno, sólo un espejismo fragmentado del tiempo que resta para la partida.