Sentir el punto de quiebre, donde no hay retorno. El límite que marca lo que jamás se podrá llegar a ser, vivir o sentir. El camino transitado lo impide; las propias limitaciones del tiempo —cuando en el pasado todo era posible— lo transforman en su contrario, llevándonos a un anhelo de vida que, rodeado de las penumbras del pasado vivido, se transmuta en abstracción y ficción, posible únicamente en el inconsciente.
La llama encendida de una vela se consume como las horas que transcurren, mermando la vida, deteniendo el latido y el torrente de energía que incendiaba los pensamientos.
Se besan las noches pasadas, se abraza la almohada que sepulta los más terribles pensamientos, los deseos lujuriosos y los sueños tiernos. Lo poco que queda discurre en desvelo. La razón se impone en el conocimiento: ahora se sabe que todo aquello que se creyó imposible también acontece; nada perdona el olvido que llega con el tiempo.
El transcurrir ha sido violento. Los deseos se estancaron y la pregunta que fustiga persiste: ¿Cómo se llega a un lugar al que nunca se pensó siquiera en llegar, tan distinto a nuestros anhelos?
Se siente, se sabe, se vive. El cuerpo lo recuerda en señales irreversibles e indetenibles. El intento de desterrar las huellas del tiempo tatuadas en la piel nos conduce a escondernos en una mentira: piadosa, humillante, indigna. La mentira de una juventud perenne, ya perdida. Nada detiene el cansancio ni borra el dolor cincelado en el alma por lo vivido.
No hay retorno, sólo un espejismo fragmentado del tiempo que resta para la partida.